“¡Exprópiese!” La cantinela bolivariana llega a Alemania

6-4-2022. El gasoducto Nord Stream 2, promovido por los gobiernos de Alemania y Rusia, fue construido entre 2018 y 2021, con el objetivo de duplicar el volumen de suministro de gas ruso. Es decir, añadir 55.000 millones de metro cúbicos a otros tantos que suministra el gasoducto Nord Stream 1, a través de Ucrania y Polonia.


El proyecto supuso una inversión de 22.000 millones de dólares, de los que el gigante ruso GazProm costeó la mitad, mientras el otro 50% se repartía entre la británica Shell, la austríaca OMV, la francesa Engie y, finalmente, las alemanas Uniper y Wintershal DEA. La segunda rama del Nord Stream 2 fue finalizada en septiembre de 2021 y en febrero de 2022 estaba lista para entrar en funcionamiento, solo pendiente de la certificación alemana.


No obstante, a finales del mismo mes, con la irrupción de la crisis rusa con Ucrania, el canciller alemán, Olaf Scholz, denegó la certificación para la apertura del gasoducto que, a la sazón, ya estaba repleto de gas en sus dos ramas. Por tanto, irónicamente, cuando las tropas rusas invadieron Ucrania, el gas ruso circulaba en sentido contrario: es decir, hacia Rusia.


La construcción del gasoducto había sido gestionada por la filial de GazProm, Nord Stream 2 AG, empresa registrada en Suiza y radicada en la ciudad de Zug, capital del cantón del mismo nombre. Nord Stream 2 AG fue, entonces, una de las primeras empresas sancionadas por Estados Unidos, cuando se desató la invasión. De resultas de los cual, entró en quiebra en menos de una semana, al no disponer de liquidez, por la insólita colaboración del gobierno suizo en las sanciones: finalmente, tuvo que despedir a sus 106 trabajadores.


A mediados de marzo, Valdimir Putin aseguró que interrumpiría el suministro de gas a los “países hostiles”, si este no era pagado en rublos. Un intento de sostener el valor de una moneda muy mermada por las sanciones. A partir de ahí, se ordenó a GazProm que consensuara, con el Banco Central de Rusia, un “plan de pago” en rublos para las ventas de la primera.


Expropiación de GazProm


Aunque fueron Francia y Alemania las que se rebelaron públicamente contra el “chantaje de Putin”, fue la Comisión Europea la que impuso “inspecciones sorpresa” en las instalaciones de GazProm (y de su empresa participada, Wingas) en Alemania, el 30 de marzo. Casualmente, cuando finalizaba el plazo que había concedido el gobierno ruso para tener ya elaborado y fijado el “plan de pagos” en rublos.


Finalmente, el 1 de abril, GazProm confirmó que abandonaba su negocio en Alemania, incluyendo sus activos en GazProm Germania GMHB y en GazProm Marketing and Trading Ltd., alegando que ya entonces Alemania estaba estudiando la nacionalización de su filial para prevenir un posible cese de suministros.


Y, lo que tenía que ocurrir, este lunes, 4 de abril, el Gobierno alemán ha tomado el control de las instalaciones de las filiales y participadas de GazProm, alegando “falta de claridad jurídica” y una “violación de las normas de transparencia”. Por el momento, el gas ruso sigue llegando a Alemania, a través del Nord Stream 1 (también propiedad de GazProm).


En conclusión, un Estado que no quiso construir plantas de regasificación, que renunció a las centrales nucleares y cerró sus minas de carbón, que se lanzó con fiereza en brazos de las energías renovables (cuyos motores, no se olvide, funcionan con gas), en fin, un país que constituye uno de los modelos actuales de “política climática”, se ha visto abocado al “¡Exprópiese!”, como si de gasolina venezolana se tratara. Allá vamos.


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