La Bolsa o la Vida... No sabemos la que se avecina

10-3-2022. Si, no hace demasiado tiempo, los “inversores” podían contarse en cantidades numerables, hoy día son millones, y por miles de millones compran y venden acciones diariamente y determinan, o tratan de adivinar, el devenir de las grandes compañías que cotizan en Bolsa.

Estas compañías pagan, cada cierto tiempo, dividendos por sus acciones, en función de sus beneficios. Por lo demás, si una empresa obtiene beneficios, y se espera que los siga obteniendo, verá cómo se eleva el precio de sus acciones y abrirá la posibilidad para los inversores de realizar beneficios adicionales, mediante la venta de sus títulos. Los beneficios altos se traducen en altos dividendos y los altos dividendos esperados se traducen, a su vez, en altos precios de las acciones.


El caso radica en que los índices de las Bolsas de Valores (el IBEX 35, el Dow Jones, etc.) son observados con lupa, no solo por los inversores directos, sino también por el público en general: no hay periódico, ni diario ni semanario, ni noticiario televisivo que no incluya, al menos, una alusión a la variación de los índices bursátiles durante el día (o, incluso, durante las últimas horas), como si estuvieran “buscando una señal” de que la economía va bien o, a modo de bola de cristal, para escudriñar si mejorará en el futuro próximo o, por el contrario, nos anuncia el desastre que se avecina.


Como lo vivimos en estos tiempos, pendientes del curso militar de un guerra que no entendemos y buscando en la bolsa las consecuencias económicas para nosotros, que, igualmente, sufriremos sin entender.


No obstante, hay que señalar que, con el auge de la econometría, se han realizado multitud de estudios sobre la relación entre los cambios en los precios bursátiles y la variación de la economía real. Y, como podrán imaginar, no se ha encontrado ninguna.


En términos macroeconómicos, la capitalización de las empresas en bolsa apenas influye en las variables del Consumo y la Inversión: las familias habían invertido lo que no tenían pensado consumir y las empresas ya han detraído de los dividendos aquello que pensaban invertir. Por tanto, a pesar de la mitología sobre 1929, una caída de la bolsa de valores nunca es la causa de una crisis económica.


La bolsa anuncia el desastre económico, pero puede equivocarse…


Sin embargo, como también podrán imaginar, sí que existe una evidente relación entre la bolsa y la economía real, de la que no se ocupaban los estudios de los economistas; pero, de modo que es la economía real la que puede provocar el auge y la caída de la bolsa. Solo que, en algunas ocasiones, algunos se dan cuenta con antelación y venden sus títulos, de forma que, en este caso, la caída del índice bursátil “predecirá” la caída de la economía real. A no ser, claro, que esos “algunos” se equivoquen.


El 19 de octubre de 1987 (el “Lunes Negro”), el índice Dow Jones cayó un 22,6%. Para calibrar este dato hay que pensar que la caída fue mayor que la del estallido de la Primera Guerra Mundial (1914) o el atentado de las Torres Gemelas (2001). El desplome generalizado de las bolsas comenzó en Hong Kong y, ese 19 de octubre, se fue extendiendo hacia el oeste del planeta, según iban abriendo el resto de las bolsas mundiales. A finales de mes, la bolsa de Hong Kong había perdido el 45% de su valor.


Este caso, por supuesto, también se ha investigado profusamente y, tras muchas inquisiciones y muchas teorías, se ha llegado a la conclusión de que, en realidad, no había pasado nada. No había ninguna razón para la caída de la Bolsa de Hong Kong y menos aún para la de Nueva York., o las del resto del mundo, empujadas por el miedo y por mecanismos automáticos de fijación de precios y coberturas.


Bastó con que Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, se mostrara dispuesto apoyar al sistema financiero para que el “desastre” que se avecinaba desapareciera de un plumazo.


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