Los NFT y el pulgón del tulipán

25-2-2022. Hasta el New York Times lo señaló hace mes, allá por agosto del año pasado y, desde entonces, mucho se ha repetido (aunque no lo suficiente) la comparación entre las “crisis de los tulipanes” del siglo XVII en Holanda y la actual burbuja que se ha formado en torno a los NFTs (non-fungible tokens).


Permítanme, pues reincidir. Y es que la abundancia de moneda sin cuento, sin correspondencia con la producción real de la economía real provoca siempre, y necesariamente, la aparición de “burbujas financieras” que comienzan con la inversión del “excedente” de las grandes compañías y, una vez que se ha asentado la expectativa de grandes retornos de inversión, continúa con la gente de a pie, que hipoteca casa y hacienda para hacerse con el activo burbuja.


Uno nunca sabe cuál será el activo elegido. Los tulipanes carecen de olor, no tienen propiedades medicinales en absoluto y muestra sus flores solo durante unos días al año. Sin embargo, los pólderes neerlandeses resultaron ser un suelo idóneo para ellos y, se cuenta, fueron expandidos allí por un ladrón que robó unos bulbos en el jardín del conocido botánico Clusius.


Por lo demás, los tulipanes, normalmente, solo eran de un color. Pero, misteriosamente, en torno a 1620, comenzaron a adquirir tonalidades aleatorias que configuraban variedades únicas e, incluso, plantas únicas de tulipán.


Por ser únicas (como los NFT), o al menos muy raras, su precio comenzó a crecer, hasta el punto de que la Compañía de la Indias Orientales (henchida de plata española), comenzó a invertir en ellos y, entonces, el precio se disparó: en 1623 un bulbo de tulipán costaba 1.000 florines (se podría comprar una pequeña mansión) y, una década más tarde, alcanzaba los 2.500, aunque el récord registrado está en 6.000.


Los futuros de los NFT


Con tales beneficios esperados, se hipotecaron casas, haciendas y mansiones para comprar bulbos de tulipán: incluso apareció un “mercado de futuros” en el que se compraban tulipanes aun no plantados (fenómeno conocido como windhandle, “negocio del aire”). De hecho, entre el 12 de noviembre de 1636 y el 3 de febrero de 1637, el precio del tulipán se multiplicó por 2.000.


Sin embargo, llegó un día, tal como en 6 de febrero de 1637 en el que, en una taberna de Harlem, salió a subasta un lote de medio kilo de bulbos de tulipán con un precio base de 1.250 florines. Nadie pujó y, aunque el precio base se bajó hasta 1.000, los tulipanes no se vendieron. Solo con este hecho, se desató el pánico y todo el mundo trató de vender sus tulipanes antes de que el precio cayera (los que poseían “futuros” lo tuvieron algo más difícil), de modo que, efectivamente, el precio cayó en picado y, en mayo, se situaba al nivel del precio del resto de las flores.


Por supuesto, la economía neerlandesa entró en quiebra y el gobierno no tuvo más remedio que rescatar… a la Compañía de la Indias Orientales.


Por cierto, el color del tulipán, que lo hacía único e irreemplazable (es decir, non-fungible), se debía, lo sabemos hoy, a un virus transmitido por el pulgón.

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