Toxicomanía bancaria y psicopatía de los Fondos de Inversión

28-2-2022. Seguramente, si no son demasiado jóvenes, recordarán la expresión que todos aprendimos en 2008: “activos tóxicos". Esta expresión designaba los activos financieros en los que los bancos “empaquetaban”, junto con otros activos rutinarios, las hipotecas concedidas con alto riesgo de impago (subprime).


Unos tipos de interés artificialmente bajos durante un dilatado período de tiempo, alimentaron la demanda de este tipo de activos de alto riesgo (y, por tanto, de alta rentabilidad) que, por otra parte, no figuraba en los balances bancarios, lo cual les permitía eludir la legislación sobre las reservas exigidas. Después de la explosión (mejor dicho, la implosión) de esta operativa, los bancos, ahora, son sometidos periódicamente a “test de estrés”, para comprobar su nivel de reservas en el escenario de una reducción, o pérdida completa, del valor de sus activos financieros.


Hoy las circunstancias son diferentes y son otras las preocupaciones. Ahora, además de comprobar su estrés general, los bancos serán sometidos a “test de estrés climático”: es decir, se penalizará (“crediticiamente hablando”) la inversión en empresas que se basen, utilicen o comercialicen tecnologías o energías contaminantes.


De ahí que las grandes empresas energéticas, que de esto saben mucho más que un servidor, se están desprendiendo a marchas forzadas de sus inversiones en energías basadas en combustibles fósiles (sobre todo, el carbón). Solo contando con las más importantes en el sector, ya se han desprendido de inversiones por un valor de 44.000 millones de dólares en activos financieros y hay otros 128.000 millones en venta, por parte de marcas como Shell o ExxonMobile.


Los activos financieros con estrés climático


La idea, lógicamente, consiste en asegurarse de seguir contando con la financiación crediticia de unos bancos que ya no podrán tolerar el “estrés climático”. Sin embargo, no hay que ser economista para comprender que, cuando alguien vende, algún otro compra. Y, efectivamente, estos activos financieros “contaminantes” son comprados por fondos de inversión, en los que participan, además de los tiburones del “capital riesgo”, fondos de pensiones y fondos crediticios de estudios de las grandes universidades.


De cualquier modo, la compra de estos activos, al calor de la fuerte subida del precio de la energía (verde o de cualquier color) y de unas tasas de retorno esperado inusualmente altas y rápidas, no podrá ser mantenida por mucho tiempo, so pena de perder el apoyo financiero de los estresados climáticos. Por tanto, las agencias de inversión, innovando de nuevo, están “empaquetando” estos activos de energía “estresante” (climáticamente hablando) en fondos adicionales, a los que denominan “Fondos de Crecimiento” (growth), cuyo fin establecido, se dice, consiste en apoyar a una variedad de sectores industriales.


Próximamente, conoceremos el resto de la historia.


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